Murió Miguel Uribe Senador y precandidato presidencial, tras permanecer dos meses en estado crítico
Es un día oscuro para el país. El senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay falleció en la madrugada de este lunes 11 de agosto de 2025, en la Fundación Santa Fe de Bogotá, luego de permanecer dos meses en estado crítico a causa de un atentado en su contra. Tenía 38 años y era una de las figuras más visibles de la nueva generación del uribismo.
Uribe no logró superar las heridas provocadas el 7 de junio, cuando un adolescente de entre 14 y 15 años le disparó tres veces, dos en la cabeza y una en la pierna, durante un acto de campaña en el parque El Golfito, barrio Modelia, en Bogotá. El atacante fue capturado minutos después por la Policía, y la Fiscalía calificó el hecho como un atentado político.
Las hipótesis preliminares apuntan a que el crimen pudo estar motivado por razones ideológicas y políticas, aunque no se descartan móviles de orden criminal con participación de terceros que habrían instrumentalizado al menor para ejecutar el ataque.
Desde el día del atentado, el dirigente permaneció en cuidados intensivos, sometido a múltiples cirugías e inducido en coma para intentar controlar una hemorragia intracraneal y un edema cerebral. Durante este tiempo, su estado de salud fue objeto de especulación pública, con rumores que su familia y la clínica desmintieron en varias ocasiones.
Su muerte desató una oleada de reacciones. El expresidente Álvaro Uribe Vélez escribió: “El mal todo lo destruye. Mataron la esperanza…”. El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, expresó condolencias y exigió justicia.
Miles de ciudadanos realizaron vigilias y homenajes en distintas ciudades, mientras organismos internacionales pidieron garantizar la seguridad de candidatos y dirigentes en Colombia.
Hijo de la exsenadora Diana Turbay Quintero y nieto del expresidente Julio César Turbay, Miguel Uribe fue concejal de Bogotá, secretario de Gobierno de la capital y senador. Su aspiración presidencial para 2026 representaba, para sus seguidores, la esperanza de una renovación política dentro del Centro Democrático.
Su asesinato reabre el debate sobre el incremento de la violencia política en Colombia, la vulnerabilidad de los líderes en campaña y el impacto que hechos de esta naturaleza tienen sobre la democracia. La pérdida de un dirigente joven, con proyección nacional y respaldo en sectores claves, no solo altera el mapa electoral, sino que envía un mensaje inquietante sobre el alcance de la intolerancia y la inseguridad en el país.




